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| La mirada de ella en el sol |
El viejo estaba solo, parado al borde del acantilado. Contemplaba el mar silenciosamente. Tenia una imponente figura, de un metro noventa de altura aproximadamente, marcada por una barba tupida y una gorra marinera,la cual estaba estampada en la frente con un ancla. Su piel era curtida y llevaba puestos unos jardineros de jeans muy gastados, pero bien cuidado. Debajo lucía una fina camiseta con rayas horizontales blancas y azules; Y en los pies unas botas negras cuarteadas, pero llamativamente bien lustradas. Todas las tardes, al bajar el sol, iba a disfrutar el imponente atardecer, que con sus tonos celestes, naranjas y azules, pintaban alegremente el horizonte. Se quedaba dos horas observando, y luego se iba. Lo hacia siempre con una sonrisa y haciendo una reverencia con su gorra en seña de saludo. Cierto día, un niño de unos doce años, se acerco al hombre cuando finalizaba su ritual, y con ironía y algo de curiosidad le pregunto: "Señor, porque se queda siempre parado mirando dos horas al infinito, si nunca pasa nada?". Él lo miro con ternura y le dijo:" Hijo, el horizonte no termina allí. Detrás de él hay miles de sueños y personas que van tras ellos. El mío se cumple aquí, día tras días, cuando contemplo y escucho a la mujer de la cual me enamoré en el litoral brasileño hace treinta años". El chico lo volvió a mirar sorprendido,e inmediatamente le hizo otra pregunta: " Pero si no hay nadie con quien usted pueda hablar?" El hombre mayor lo miro dulcemente unos segundos y le dijo: " Ella no está físicamente acá, pero esta presente en el sosiego de la naturaleza. Al escuchar el sonido del mar y sentir la brisa marina en mi cara, estas sensaciones se transforman en palabras que penetran en el corazón de manera silenciosa y, a su vez, puedo ver en el sol su mirada angelical. La vida tiene límite, las cosas se vencen, pero el amor no tiene horizonte, ya que permanece eternamente".
El joven se fue meditando, y aprendió una nueva lección.
El amor verdadero dura para siempre y se manifiesta al escuchar, sentir y contemplar con el alma y el corazón a las personas que nos rodean, los hechos que nos suceden y los lugares donde estamos.

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