Como amante del mar, hasta hace un año y medio atrás, creía que solo en esos lugares mágicos sería feliz. La realidad me demostró que para ser feliz no es necesario estar en el mar, sino que lo importante es conocerse y quererse a uno mismo, y así lograr ese balance interno para estar en armonía y serenos con cualquier persona y en cualquier lugar.
Aprendí también, que muchas veces, estando en ese tipo de lugares agrestes, llenos de energía y belleza, nos dejamos llevar por esa pasión y clima social festivo que genera el lugar sin medir consecuencias, o nos encandilamos con alguien o algo inconscientemente por la simple razón de querer llevarnos algo de ese lugar mágico que tanto vamos a extrañar o nos encariñamos con el mismo sitio y creemos que ahí tenemos que vivir para ser plenos, sin darnos cuenta que en todos lados algo sacrificamos y la perfección no existe. Y por ello terminamos confundiéndonos con ideas que son difíciles de realizar, o descuidándonos a nosotros mismos, o perdiendo relaciones realmente valiosas, que fueron construidas paso a paso a base de amor puro y verdadero, llenas de entrega y ternura, razones por las cuales la vida tiene sentido.
Es bueno y sensato poder reflexionar todo lo que tenemos y lo que somos para no tomar decisiones apresuradas, que puedan lastimarnos o herir a otro innecesariamente. Igualmente, las personas que nos aman desde lo profundo del corazón van a estar siempre a nuestro lado, pase lo que pase.
Quiero cerrar contándoles algo fuerte que viví hoy y está estrechamente vinculado con esto, aunque muchos crean que no. A la mañana fui a la Casa de la Bondad (es un pequeño edificio, moderno y sencillo, donde se recibe y atiende gratuitamente a enfermos en estado terminal y prácticamente a punto de morir) para empezar a trabajar como voluntario. Al entrar, pude sentir una paz y una calma que llenaban el alma. Luego de conocer la casa con Ana, la directora, pude ver a Enrique, un señor mayor, en su últimas horas de vida, y estuve en el momento justo en que entraba un nuevo paciente, Luis, con el cual empecé oficialmente mi labor. Junto con las camilleros que lo habían traído, lo colocamos en su cama mientras sus hijos lo acompañaban con mucha entereza. Luego hablé brevemente con uno de ellos y me despedí.
Lo que experimenté ahí fue intenso. Salí conmovido y con los pies sobre la tierra, valorando absolutamente todo lo que tengo, y dándome cuenta que hasta en donde hay dolor y en un lugar en el que físicamente no haya la belleza natural que a uno le gusta, la entrega desinteresada que hay en el mismo, hace que pardojicamente sea un sitio lleno de color y esperanza por el amor que se brinda y la paz con la que se van de este mundo esas personas desamparadas en su enfermedad. Sé que es difícil comprenderlo, pero es real. El amor transforma todo en armonía y logra hacernos personas Mejores y Felices con mayúscula.
Espero que en cada lugar en el que nos encontremos, podamos ser siempre felices y disfrutarlo sin la necesidad de buscar algo pasajero afuera de nosotros mismos para lograrlo, sino que podamos hacerlo con el corazón abierto y en armonía con nuestros afectos.
Los quiero mucho y pura vida para todos siempre.
Fede Petersen


