Mañana de lunes nueve de enero. Día de intenso calor. Humedad que sofoca. Son las ocho menos diez de la mañana y me estoy bajando del auto de mi primo, luego de haber tenido un viaje de cinco horas y veinte, lleno de condiciones climáticas de todo tipo. Estamos volviendo después de haber tenido un fin de semana a puro sol y olas en Quequén, un lugar tranquilo y con el mar de fondo como escenario.
Que contraste más grande, y cuantas cosas movilizan adentro de uno, el cambiar tan abruptamente de un entorno natural sencillo a una ciudad de cemento llena de bullicio. Creo que a pesar de lo duro que es el shock, es cierto, también, que el estar en un lugar alienado, nos hace disfrutar y valorar luego esos lugares extraordinarios de una manera especial y con una óptica distinta. Seguro que sería ideal vivir en un lugar de esas caracterísitcas, pero seguramente allí sacrificaríamos algo también. O no es así? La vida no es perfecta, y siempre uno sacrifica algo para aprender y crecer.
El mar, ese lugar misterioso y mágico a la vez, donde las preocupaciones, el stress y el ruido se diluyen, dando paso a ese profundo silencio que nos conecta con nuestra alma y esencia. Que afortunados somo aquellos que podemos disfrutarlo, contemplarlo y sacarle esa energía y paz tan grandes que nos transmite. Si solo pudiésemos aplicar el uno por ciento en cada acto de nuestra vida, nuestras acciones fluirían de una manera mucho más relajada y llenas de armonía.
Y no hay nada más lindo que compartir estas vivencias con una mujer al lado, que las aprecia de la misma manera que uno las siente. Ella, en este momento, está en otro lugar especial, rodeado por el querido mar. Que gratificante es, y que felicidad me da, a pesar de lo mucho que la extraño, el saber que está en conexión con esa masa enorme de agua llena de vitalidad, y que tanto bien nos hace y nos plenifica a ambos como personas.
Mientras la espero a que vuelva y me cuente todos los detalles de su increíble viaje, sigo trabajando en mejorar y crecer como persona, acá en la ciudad, donde aprendo día a día a valorar y querer más esa naturaleza majestuosa y única, que tantas alegrías me ha dado y sigue dando, pero sobre todo, a querer a la familia espectacular que Dios me ha regalado, la cual me ha bancado y apoyado incondicionalmente a lo largo de mi camino por este mundo.
A disfrutar cada momento, y a entender también, que después de cada esfuerzo viene esa recompensa única que es la satisfacción de haber dejado todo, la cual nos llevará a estar en balance con nosotros mismos en el lugar que sea. Que sepamos transmitir desde la paz de nuestro corazón, mucho equilibrio y amor a quienes nos rodean.
Pura vida siempre para todos.


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